El sonido del agua corriendo y el leve tintineo de la loza desde la cocina eran un arrullo extrañamente doméstico. Me había retirado a la sala, acurrucada en el sofá, mientras Axel cumplía su promesa de enfrentarse a los platos. Mi tigresa ronroneaba en mi interior, una vibración profunda de satisfacción. Cada movimiento que oía de la cocina, cada pequeño ruido que delataba su presencia, la calmaba y la alegraba aún más. Nuestro macho era fuerte, era un guerrero, y también fregaba platos. ¿Qué