La llamada había terminado. Un silencio pesado, cargado de la promesa de sangre y cacería, se apoderó de la cabaña. Axel dejó el teléfono sobre la mesa y se volvió hacia Miriam. Ella seguía temblorosa, abrazándose a sí misma como si pudiera contener las visiones que la habían sacudido.
—Axel, ¿qué... qué fue eso? —su voz era un hilo de sonido, frágil y asustado.
Él se acercó lentamente, como si se aproximara a un animalito salvaje, y se arrodilló frente a ella, a la altura de sus ojos. Su mirad