Miriam
Cenábamos en un silencio extrañamente cómodo. El guiso sabía a hogar, a complicidad, a un momento de calma antes de la tormenta. Pero ya no podía verlo solo como la comida que habíamos preparado juntos. Mis ojos, una y otra vez, eran atraídos hacia él.
Axel estaba sentado frente a mí, pero ya no era solo el hombre de sonrisa pícara que me despertaba a las cinco de la mañana. Bajo la luz tenue de la cabaña, yo veía al Guerrero. Veía la anchura de sus hombros, que no era solo para exhibici