Miriam
Cenábamos en un silencio extrañamente cómodo. El guiso sabía a hogar, a complicidad, a un momento de calma antes de la tormenta. Pero ya no podía verlo solo como la comida que habíamos preparado juntos. Mis ojos, una y otra vez, eran atraídos hacia él.
Axel estaba sentado frente a mí, pero ya no era solo el hombre de sonrisa pícara que me despertaba a las cinco de la mañana. Bajo la luz tenue de la cabaña, yo veía al Guerrero. Veía la anchura de sus hombros, que no era solo para exhibición, sino para cargar con el peso de una manada entera. Veía la sombra de determinación en su rostro, la línea firme de su boca que prometía protección y, si era necesario, una furia implacable. Y me gustaba. Me gustaba lo que contemplaba más de lo que estaba dispuesta admitir.
Podía sentir una calma profunda, que no era mía, se extendía desde mi interior haciéndome sentir en paz y segura por primera vez en mucho tiempo. Mi tigresa observaba a su macho y estaba satisfecha. Él era fuerte. Él era u