El aroma del guiso que Miriam había ayudado a preparar comenzaba a llenar la cabaña cuando el móvil de Axel vibró sobre la mesa con un zumbido siniestro. Él lo miró y su expresión, relajada hasta entonces, se tensó de inmediato. Al leer el mensaje, su cuerpo se tenzo como la cuerdas de un arco a punto de disparar la flecha.
—Miriam, tengo que salir. Ahora —dijo, su voz era una orden recortada. Sin esperar respuesta, agarró su chaqueta y salió por la puerta principal, dejándola con una cuchara e