Intrigada, Lana se dirigió hacia donde le indicaron. Y entonces lo vio. En una estantería baja, un despliegue de golosinas que le hicieron contraer el estómago de pura nostalgia. Estaban los chuches de malvavisco cubiertos de chocolate que Vincent solía comprarle a escondidas cuando eran niños, y justo al lado, los pequeños pasteles con relleno dulce que eran su debilidad. Una oleada de cariño se apoderó de ella. Algunas cosas, en efecto, nunca cambiaban. Con una sonrisa tímida que no podía co