El sol apenas comenzaba a rasgar el cielo cuando Lana cerró la puerta de la cabaña de Vincent con un portazo que hizo temblar los cristales. La furia le hervía en la sangre, una rabia silenciosa y hirviente que la había mantenido en vela toda la noche. Se lo había echado una cabezadita y en ese rato el...¡Maldito hombre!
Él había llegado. En algún momento entre la madrugada y el amanecer, había entrado sigilosamente en la casa. Las pruebas eran irrefutables: un rastro de lodo seco en el piso d