Al despertar estaba allí sentado al lado de mi cama, me observaba con sus cálidos ojos como queriendo decir tanto pero sin poder soltar una sola palabra. Me había traído el desayuno: unas magdalenas aún tibias con un chocolate caliente que humeaba en la bandeja.
—Al fin despertaste, bella durmiente —sonrió, y sus hoyuelos se marcaron en la penumbra de la habitación.
—Tuve un sueño encantador… quizás soñé contigo —le dije entre bostezos, sintiendo cómo me ruborizaba con la naturalidad de mis pal