Los aplausos tras el beso se disolvieron pronto en murmullos, como un rumor eléctrico recorriendo el salón. Algunos sonreían con aprobación, otros cuchicheaban con malicia. Yo sentí el calor subir a mis mejillas, pero Alessandro me sostenía con tanta firmeza que el mundo podía caerse y yo seguiría de pie.
Cuando el vals terminó, nos retiramos a la mesa principal, donde Giancarlo presidía como un emperador romano. Sus ojos verdes me analizaron con frialdad mientras yo me acomodaba a su lado. Su