Capítulo- Bajo los cipreses de la colina
El amanecer se filtraba tímido por el parabrisas cuando el coche negro abandonó la autopista y se internó en un sendero de grava flanqueado por cipreses centenarios. El horizonte todavía dormitaba en tonos malva, pero los pájaros ya antecedían el alba con trinos impacientes. Rose, con las manos aún crispadas sobre las rodillas, sentía el tictac de su propio corazón como si fuese un reloj mal calibrado. Alessandro, al volante, apenas hablaba: la mandíbula apretada, el vendaje en su brazo derecho