La noche había caído sobre Milán con un brillo distinto, casi solemne.
La mansión de los Vescari resplandecía como un palacio bajo los candelabros de cristal. En la entrada, dos hileras de rosas rojas bordeaban el camino de mármol que conducía hasta las grandes puertas de hierro forjado. Los coches de lujo se detenían uno tras otro; las luces de las cámaras destellaban, y el aire se llenaba de murmullos elegantes, perfumes caros y el sonido lejano de un cuarteto de cuerdas.
Era el cumpleaños