El amanecer sobre Milán era frío, pero la luz que entraba por los ventanales del palacio Vescari iluminaba los salones con un resplandor cálido, casi dorado. Las rosas que decoraban la entrada aún conservaban el rocío de la noche anterior, recordando la fiesta y los fuegos artificiales que habían llenado el cielo de color. El cumpleaños de Alessandro quedaba atrás, pero los ecos de aquella noche todavía flotaban en el aire, mezclándose con planes, susurros y decisiones que cambiarían el destino