Rose y Francesca
El café de la esquina olía a pan recién horneado y lluvia. Era temprano, apenas las nueve de la mañana, y el bullicio de Milán se mezclaba con el repiqueteo de las tazas.
Rose jugueteaba con la cuchara, moviendo el café sin beberlo. Frente a ella, Francesca la observaba con esa mezcla de curiosidad y ternura que solo tienen las amigas que lo saben todo sin que se les diga nada.
—Entonces… —empezó Francesca, arqueando una ceja—, ¿quieres decirme que te pusieron tres vestidos de