El amanecer llegó lento sobre Milán, bañando los edificios con una claridad tenue que apenas rozaba las persianas del hospital. Rose no había dormido en toda la noche. Sentada junto a la cama de Alessandro, lo observaba respirar con ese ritmo suave que tanto la tranquilizaba. Su mano seguía entre las suyas, como si soltarla significara perderlo para siempre.
Alessandro dormía, pero su rostro mostraba una calma fingida. En su mente, el diagnóstico se repetía como un eco imposible de acallar: t