CAPÍTULO 120.

Capítulo 120

La mansión de Miguel nunca se había sentido como un verdadero hogar, y en el silencio tenso de las tres de la mañana, se transformaba en algo mucho más parecido a un mausoleo. El aire estaba cargado de una estática pesada, una electricidad que presagiaba una tormenta que no descargaba lluvia, sino sangre.

El silencio era como un peso que se posaba sobre los hombros de quien se atreviera a caminar por sus pasillos desolados.

Gerardo Ríos, el hombre que durante décadas había movido
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