MARCOS
La vi antes de que ella me viera.
Y eso importa. No sé por qué coño importa, pero importa.
Entró por esa puerta con la espalda tan recta que dolía mirarla, la carpeta pegada al pecho como un escudo, y ese andar suyo... como si el suelo le debiera dinero. Yo estaba de espaldas a la sala, pero lo supe. Cinco años sin verla y lo supe antes de girarme. Antes de su cara. Antes de cualquier palabra.
Hay gente que cambia el aire cuando entra.
Elena Vargas siempre fue de esas.
Me giré.
Y en el segundo exacto en que sus ojos chocaron con los míos, algo le cruzó la cara. Rápido. Casi nada. El tipo de cosa que solo pillas si te sabes a alguien de memoria o si llevas cinco años mirando su foto en un archivo de inteligencia, preguntándote si todavía sabes leerla.
La leí.
Dolor. Rabia. Y debajo, tan enterrado que casi no estaba... alivio.
Ese alivio me jodió más que la rabia.
«Elena.»
«Señor Villanueva.»
Su apellido en mi boca. El mío en la suya. Cinco años resumidos a eso: dos personas que se conocen hasta los huesos hablándose como desconocidos.
Me tendió la mano.
Se la estreché.
Cuatro segundos. Debieron ser tres. Ese segundo de más fue error mío. Un segundo que no podía permitirme y que me permití igual, porque era la primera vez en cinco años que tenía la mano de Elena en la mía. Y soy humano. No de piedra.
Ella no dijo nada.
Claro que no.
Hablé. Solté el discurso. La visión, los cambios, lo que espero del equipo. Las palabras correctas en el orden correcto. Llevaba semanas ensayando esta puta reunión. Lo que no ensayé fue lo que se siente tenerla a tres metros y no poder decirle nada de lo que importa.
Cuando le di el proyecto Aldana delante de todos, lo vi en sus ojos.
No sorpresa. Reconocimiento.
Sabe que no es casualidad. Sabe que la elegí yo. Lo que no sabe es por qué. Si para protegerla, para tenerla cerca, o porque a veces esas dos cosas son la misma y llevo cinco años sin poder separarlas.
«Por supuesto», dijo.
Dos palabras. Planas. Perfectas.
Y salió la primera cuando acabó la reunión. Sin mirarme. Con esa espalda recta que es su forma de gritar sin abrir la boca.
La dejé ir.
Me quedé mirando la puerta cerrada más tiempo del que un tipo como yo debería. El asistente que recogía papeles en la esquina tuvo la decencia de no mirarme.
Víctor lo planeó así.
Lo sé desde hace meses. Cuando empecé a mover ficha para comprar la firma, aparecieron sus huellas. Limpias. Pequeñas. Del tipo que deja alguien que sabe que vas a buscar. Elena Vargas. Abogada senior. La mejor del despacho. Y su nombre en un contrato de hace cinco años que ella nunca firmó.
Vi ese contrato antes de firmar la compra.
Eso es lo que no puedo decirle. Que lo vi. Que compré esta firma sabiendo la m****a que había dentro. Que tomé la decisión solo, igual que hace cinco años. Convencido de que proteger a alguien sin pedirle permiso es lo mismo que quererla.
No lo es.
Lo sé ahora.
Tarde. Pero lo sé.
Bajo a mi despacho. Cierro la puerta. Y durante tres minutos exactos me permito algo que no me he permitido en cinco años: sentarme, no hacer nada, y dejar que el peso de este día me aplaste.
Elena está en el mismo edificio.
A dos plantas.
Leyendo un expediente que es una trampa con su nombre escrito.
Se acaban los tres minutos. Abro el portátil. Trabajo.
A las ocho vibra mi teléfono. Mi contacto de seguridad. Dos líneas y una foto adjunta.
Las líneas: Ya se están moviendo. No está segura.
La foto: Elena saliendo de su edificio esta mañana. Calle Argumosa. Sacada desde la acera de enfrente. Sacada por alguien que no soy yo.
La miro.
Elena con su café, su bolso, su paso de siempre. Sin saber.
Sin saber que la fotografían.
Sin saber que lleva semanas vigilada.
Sin saber que el hombre que desapareció de su vida hace cinco años lleva meses en esta ciudad levantando el único muro que puede poner entre ella y lo que viene.
Sin saber que ese muro llega tarde.
Cojo el abrigo.
Marco su número.
Descuelga al cuarto tono —lo sé porque los cuento, porque soy el tipo de persona que cuenta los tonos cuando llama a alguien que tiene motivos para no contestar— y antes de que diga nada, suelto lo único que importa esta noche:
«Hay una persona que quiere hacerte daño. Lleva cinco años esperando. Por eso me fui.»
Silencio.
«No firmes nada de ese expediente.»
Más silencio.
Y luego el clic de la línea al cortarse.
Me quedo con el teléfono en la mano.
Cuatro segundos.
El mismo tiempo exacto que duró su mano en la mía esta mañana.
Cinco años planeando cómo volver.
Y lo primero que me da es silencio y una llamada cortada.
Me lo merezco.