El nombre de mi padre

ELENA

Antonio Vargas Reyes.

Ahí está. En un archivo judicial de hace veinte años. Página dos, lista de investigados, con una anotación al margen en tinta azul ya casi borrada: caso archivado por falta de pruebas.

No absuelto.

Archivado.

Las puertas del ascensor llevan abiertas dios sabe cuánto. Salgo. Camino hasta mi despacho como una autómata. Me siento. Y durante un tiempo que no sabría medir me quedo mirando esas dos palabras en la pantalla del móvil como si fueran a cambiar si las miro con la fuerza suficiente.

No cambian.

Mi padre murió cuando yo tenía dieciséis.

Infarto. Un martes por la mañana. Rápido, dijeron todos, como si eso sirviera de consuelo. Llevo veinte años construyendo su recuerdo con lo que dejó: las conversaciones, el olor de su colonia los domingos, la forma que tenía de reírse de sus propios chistes antes de acabar de contarlos.

En ninguno de esos recuerdos había un archivo judicial.

Abro el documento completo.

Ciento dieciséis páginas.

Las leo todas.

Dos horas.

Cuando termino, sé tres cosas. Primera: mi padre y Víctor Aldana se conocían desde antes de que yo naciera. Segunda: durante cuatro años mi padre firmó papeles para una empresa que Víctor usaba para blanquear dinero. Tercera: cuando empezó la investigación, mi padre colaboró lo justo para que archivaran su caso.

Dos años después murió de un infarto.

Dejo esa frase ahí.

No saco conclusiones. Soy abogada —sé lo que cuesta probar algo y sé lo que pasa cuando sacas conclusiones sin pruebas. Pero la dejo ahí porque es lo único que puedo hacer con ella ahora mismo.

Suena el teléfono.

Número desconocido.

«He sabido que ha estado buscando cosas que no le corresponden.»

Víctor.

La misma voz calmada de la reunión. Como si me llamara para hablar de un plazo de entrega.

No contesto de inmediato.

«No sé de qué me habla», digo.

Una pausa. Casi divertida.

«Claro que no.»

Silencio. Y después:

«Su padre era un hombre inteligente, Elena. Tomó decisiones difíciles en momentos difíciles. Igual que todos.»

«No hable de mi padre.»

«Solo digo que le entendía.» Otra pausa. «Usted lo entenderá también, con el tiempo.»

«¿Es una amenaza?»

«Es una observación.»

Y ahora su voz cambia. No mucho. Lo justo.

«Deje de buscar, Elena. Hay historias que es mejor no terminar de leer. No por mí.» Pausa. «Por usted.»

La línea se corta.

Él cuelga primero.

Me quedo mirando el móvil en la mano.

Las manos no me tiemblan. Eso lo registro —que no tiemblan— porque necesito saber qué parte de mí sigue funcionando.

Me levanto. Cierro el portátil. Meto el archivo judicial en mi carpeta personal. La que me llevo a casa. La que no dejo aquí ni muerta.

En el pasillo, Sofía está junto a la máquina de café.

Me mira.

La miro.

«¿Estás bien?»

«Perfectamente.»

Sofía lleva cuatro años siendo mi amiga. Sabe exactamente lo que vale esa respuesta. Pero no dice nada —solo me mira con algo en los ojos que no es solo preocupación. Es algo más concreto. Algo que sabe y no me está diciendo.

«Ten cuidado», dice al final. En voz baja. «Con el caso. Con todo.»

«¿Hay algo que quieras contarme?»

Un segundo demasiado largo.

«No.»

Cojo mi abrigo. Bajo a la calle.

Madrid a las siete de la tarde. Gente, terrazas, el ruido normal de una ciudad que no tiene ni idea de lo que pasa dentro de los edificios.

Llevo media manzana caminada cuando lo noto.

Pasos que se acompasan a los míos.

Una sombra que aparece dos veces en el reflejo del mismo escaparate.

Giro en la siguiente esquina. Me paro.

El hombre que dobla la esquina detrás de mí se detiene también —un segundo tarde.

Nos miramos.

Se gira. Se va.

Saco el teléfono.

El número de Marcos sigue donde siempre estuvo —lo guardé hace cinco años y nunca lo borré, que es el tipo de detalle que prefiero no analizar— y lo llamo antes de poder convencerme de que no debo.

Descuelga al primer tono.

«Elena.»

«Víctor acaba de llamarme», digo. «Y alguien me ha seguido desde el despacho.»

Silencio. Corto. Del que no está vacío.

«No te muevas», dice. «Estoy llegando.»

Bajo el teléfono.

Me apoyo en la pared. La piedra está helada.

Y pienso en mi padre.

En lo que firmó.

En lo que no me dijo.

En que Víctor Aldana dijo su nombre como quien dice el nombre de alguien que lleva años guardado.

Como quien lo ha pronunciado muchas veces.

En voz baja.

Solo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP