Mundo ficciónIniciar sesiónELENA
No dormí. Eso no se lo pienso decir a nadie. Pero a las tres de la madrugada seguía con los ojos clavados en el techo y su voz dando vueltas en mi cabeza —Hay una persona que quiere hacerte daño— y a las cuatro seguía ahí, y a las cinco también, y cuando el cielo empezó a ponerse gris simplemente dejé de fingir que iba a pegar ojo y me levanté. Me hice café. Me puse el traje gris. El de las guerras. Salí por la puerta. Eso hago cuando algo amenaza con quebrarme: me muevo. Me visto. Funciono. Llevo cinco años perfeccionando la técnica y funciona... o al menos funciona lo suficiente para que nadie note la grieta. El despacho a las siete de la mañana huele a café recalentado y a calefacción encendida demasiado pronto. Me siento. Abro el correo. Y ahí está —enviado ayer a las ocho de la tarde, cuando yo ya me había largado— el mensaje de Recursos Humanos. Asignación oficial: Proyecto Aldana. Responsable principal: Elena Vargas. Supervisión directa: Marcos Villanueva. Supervisión directa. Cierro el correo. Lo abro otra vez. Las palabras no se mueven. Llamo a Sofía. «¿Sabías esto?» «Buenos días», dice ella. «Sofía.» Un silencio demasiado largo para ser inocente. «Me lo dijeron ayer por la tarde. Intenté llamarte pero—» «¿Quién lo decidió?» «Él.» No hace falta que diga el nombre. «Preguntó por ti. Específicamente.» Cuelgo. Abro el expediente Aldana. Ciento cuarenta y dos páginas. Empiezo desde el principio —despacio, sin saltarme nada, con ese modo de leer que se me activa cuando algo huele a podrido. Página uno. Dos. Diez. Veinte. Página treinta y uno. Me paro en seco. Es un contrato de asesoría. De hace cinco años. Y al pie, en el espacio donde firma el abogado responsable, está mi nombre. Elena Vargas. Lo miro. Lo miro mucho rato. La firma tiene mi trazo. Mi inclinación. Esa pequeña torcedura en la V que me quedó desde que me rompí el pulgar a los veinte. Quien la hizo me estudió. Practicó. Hace cinco años llevaba tres meses en este despacho. No firmaba ni un puto contrato propio. No tenía autorización para nada de este calibre. Era junior. Era nadie. Y sin embargo, ahí está. Busco la cláusula final. Leo. Y cuando termino de leer me quedo helada en la silla porque lo que acabo de entender es esto: Si este contrato se ejecuta, soy cómplice de un fraude de cuatro millones de euros. Mi carrera. Mi nombre. Mi vida entera construida sobre este despacho. Todo. La puerta de mi despacho se abre sin que nadie llame. Cierro el expediente antes de que mi cerebro le dé la orden a mis manos. Marcos. Entra como entra en todos los sitios —como si ya fueran suyos— y se sienta al otro lado de mi mesa sin que lo invite, y me mira con esa cara que pone cuando sabe algo y está calculando cuánto soltar. Conozco esa cara. La conozco jodidamente bien. «¿Has revisado el expediente?», pregunta. «Acabo de recibirlo.» Mentira. Llevo dos horas devorándolo. Pero eso no se lo voy a dar. «Hay una reunión con el cliente el jueves», dice. «Necesito que estés preparada.» Le miro. Me mira. Ocho personas en esa sala ayer y ninguna vio lo que hay entre nosotros. Lo que sigue habiendo. Lo que ninguno nombra porque nombrarlo es admitir que existe, y admitir que existe es el principio del fin de algo que aún no sé cómo manejar. «Siempre estoy preparada», digo. Se levanta. Camina hacia la puerta. Y cuando ya tiene la mano en el marco se para —de espaldas a mí, sin girarse— y suelta en voz baja: «La página treinta y uno. No la firmes. No firmes nada de este expediente hasta que hablemos.» Sale. Cierro la puerta yo sola desde mi silla, con la mirada clavada en el expediente cerrado sobre la mesa. Sabe lo que hay en esa página. Lo sabe porque lo puso ahí. O porque sabe quién lo hizo. O porque lleva más tiempo metido en este caso de lo que me ha dicho. Las tres opciones son una m****a. Abro el expediente otra vez. Vuelvo a la página treinta y uno. Y esta vez no miro la firma. Miro la fecha. Trece de abril. Hace cinco años. El trece de abril de hace cinco años fue el día antes de mi boda.






