Mundo ficciónIniciar sesiónMARCOS
Lo encuentro detrás del cuadro. Paisaje genérico. Marco de madera barato. De esas cosas que llevan años colgadas en la misma pared y nadie mira. Justo con eso contaban. El micrófono me cabe en la palma de la mano. Pequeño. Profesional. Con una capa de polvo encima que tiene el mismo grosor que el resto del marco. Semanas. Como mínimo. Me quedo ahí, en medio del despacho vacío de Elena, con ese cacharro en la mano y pienso en todo lo que ella ha dicho aquí dentro en las últimas semanas sin saber que alguien la escuchaba. Las llamadas. Las charlas con Sofía. Las veces que pensó en voz alta sobre el puto expediente. Todo. Víctor no estaba esperando a que Elena encontrara las inconsistencias del caso. Víctor la estaba escuchando encontrarlas. Lo dejo donde estaba. Si lo quito ahora, cambia de táctica. Mejor saber que existe. Mejor usarlo. Salgo del despacho. Cierro la puerta. Y en el pasillo vacío me apoyo un segundo contra la pared, con los ojos cerrados, porque necesito uno —solo uno— antes de volver a funcionar. Hay una diferencia entre saber que alguien es peligroso y tener en la mano la prueba física de hasta dónde llega ese peligro. Yo sabía lo que Víctor era capaz de hacer. Llevo cinco años sabiéndolo. Y me largué igual. Pensé que alejándome lo alejaba a él. Pensé que el precio era mío y que si yo lo pagaba, ella estaría a salvo. Este micrófono me escupe en la cara lo que valió ese cálculo. Saco el teléfono. Marco su número. Cuatro tonos. Cinco. Nada. Otra vez. Nada. Bajo las escaleras porque el ascensor tarda y yo no tengo tiempo para esperar. Salgo a la calle. Madrid de noche —gente, terrazas, el ruido normal de una ciudad que no tiene ni puta idea— y yo marcando el número de Elena por tercera vez en medio de toda esa normalidad. Descuelga. «Marcos.» Su voz. Entera. Aquí. No digo nada durante un segundo. Solo uno. El tiempo que necesito para que el pánico que sentí en esos tres minutos sin respuesta se convierta en otra cosa —en rabia, en urgencia, en cualquier cosa más fácil de manejar. «¿Dónde estás?» «En casa. ¿Por qué?» «Encontré algo en tu despacho. Dame la dirección.» «Marcos, son las once—» «No hables de esto por teléfono. Dame la dirección.» Silencio. Largo. Puedo oírla decidir si va a confiar en mí. Me da la dirección. Pillo un taxi. Durante el trayecto no miro el móvil. Miro la ciudad por la ventana y pienso en el micrófono y en cuánto tiempo lleva ahí y en si Víctor ya tiene suficiente para activar la trampa del contrato o si todavía llegamos a tiempo. Pienso también en que Elena lleva semanas siendo escuchada sin saberlo. Y en que yo lo sabía antes de entrar a esa firma. No exactamente. No el micrófono, no el dónde. Pero sabía que Víctor tendría algo dentro. Sabía que nadie estaba seguro cerca de ese expediente. Y vine igual y la metí en el proyecto igual porque necesitaba tenerla cerca para poder protegerla. Eso es lo que no puedo decirle. Que la protección que vine a ofrecerle tiene el mismo problema de siempre —que la decidí sin pedirle permiso. El taxi para en Lavapiés. Edificio antiguo, fachada rehabilitada. Subo al tercero. Llamo al timbre. Elena abre la puerta. Sin chaqueta. Sin recogido. Un jersey de lana que le queda enorme y los pies descalzos sobre el suelo de madera. Sin armadura. O con una diferente. Más antigua. La de antes de que yo existiera en su vida. «Entra.» Entro. Libros por todas partes. Papeles sobre la mesa. Una taza de café que lleva horas fría. Elena viviendo dentro de un caso. Algunas cosas no cambian en cinco años. «¿Qué encontraste?» Se lo digo sin anestesia. «Un micrófono. Detrás del cuadro de tu despacho. Lleva semanas como mínimo.» Elena no dice nada. No se mueve. Solo me mira. Y en ese silencio veo algo que reconozco —no es miedo, no es rabia todavía— es el momento exacto en que una persona entiende que la historia en la que creía vivir no era esa historia. «Todo lo que dije», dice al final. «Sí.» «¿Lo dejaste donde estaba?» «Sí.» Algo cambia en su cara. Pequeño. La abogada que lleva dentro procesando la jugada táctica. No le gusta. Pero la entiende. «¿Cuánto tiempo llevas sospechando que podía existir algo así?» La pregunta correcta. Siempre. «Desde que volví.» «Y no me dijiste nada.» «No.» No me justifico. No añado nada. Hay cosas que no tienen justificación que valga esta noche y los dos lo sabemos. Elena me mira durante mucho tiempo. Buscando algo. «Siéntate», dice. «Tenemos que trabajar.» No dice que me perdona. No dice que confía en mí. Dice siéntate y tenemos que trabajar. Me siento. Trabajamos dos horas. En ese piso con los libros y el café frío y Madrid al fondo, trabajamos como si supiéramos hacerlo juntos. Como si cinco años fueran una pausa y no una ruptura. A la una de la madrugada Elena se levanta a por agua. Me quedo mirando los documentos sobre la mesa y pienso que esto —exactamente esto, esta mesa, esta mujer descalza en su cocina que hace tres horas decidió dejarme entrar— es para lo que volví. No para ganar. Para estar aquí. Elena vuelve con dos vasos de agua. Deja uno delante de mí. Se sienta. Coge un documento. Y entonces suena el teléfono fijo. Los dos nos quedamos quietos. Nadie debería tener ese número. Suena otra vez. Elena lo coge. Y lo que oigo al otro lado —aunque estoy al otro extremo de la mesa— me hace ponerme de pie antes de que ella haya terminado de escuchar. La voz de su madre. Llorando.






