Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa mentira era perfecta. El vecino, un desastre. El sentimiento… real. Iris tiene un problema: su ex se casa con su mejor amiga y ella ha fingido tener un novio espectacular para no morir de humillación. Caleb tiene un problema: es un arquitecto brillante pero tan huraño que su ascenso depende de "humanizar" su imagen. El trato: Caleb será el novio devoto en la boda y, a cambio, Iris lo ayudará a fingir que tiene corazón ante su jefe. Las reglas: Cero sentimientos, una libreta de notas para no olvidar detalles y una sola cama en el hotel. Pero cuando Caleb empieza a memorizar cada pequeño gesto de Iris no por contrato, sino por instinto, ambos descubren que fingir amor es la forma más peligrosa de enamorarse.
Ler maisEl pasillo del cuarto piso olía a lo de siempre: una mezcla desconcertante entre el desinfectante de pino de la señora García y el aroma a curry quemado que emanaba del 4B. Pero para Iris, en ese preciso instante, el aire se sentía como cemento fresco entrando en sus pulmones.
Sostenía el sobre entre sus dedos con una mezcla de horror y fascinación, como si fuera una granada a la que acababa de quitarle la anilla. El papel era de un gramaje insultante, color crema "hueso de unicornio", con letras doradas en relieve que gritaban: "Julián & Vanessa".
—¿Vanessa? —susurró Iris, sintiendo un tic nervioso en el ojo izquierdo—. ¿En serio, Julián? ¿Vanessa, la que cree que el gluten es un tipo de satélite artificial?
Iris releyó la tarjeta. No era solo una invitación; era un despliegue de guerra psicológica. “Acompáñanos a celebrar el inicio de nuestra eternidad en los viñedos de la Toscana”. Debajo, en una caligrafía tan elegante que parecía burlarse de la caligrafía de médico de Iris, decía: “Vestimenta: Blanco Integral (Solo para invitados con aura pura)”.
Fue entonces cuando el sistema nervioso de Iris decidió que ya había tenido suficiente de ese martes por la tarde. Sus rodillas, usualmente fiables, se convirtieron en gelatina templada. Se deslizó por la pared pintada de un amarillo institucional hasta que su trasero impactó contra la alfombra raída del pasillo.
—No puede estar pasando —jadeó, abanicándose con la invitación—. Toscana. Blanco integral. Aura pura. ¡Si yo tengo el aura color asfalto mojado desde que me dejó!
Iris no era de las que daban espectáculos, o eso le gustaba decir en su biografía de I*******m (la cual no actualizaba desde que Julián se llevó la cafetera y su dignidad). Sin embargo, ahí estaba: rodeada de bolsas del supermercado de las que sobresalía un apio triste y una oferta de 2x1 en vino de brik, llorando sobre un papel de 300 gramos.
—¡Es que es el colmo de la ironía! —le gritó a una mancha de humedad en el techo—. ¡Me dejó porque decía que yo era "demasiado intensa" y ahora se casa con una mujer que hace ceremonias de cacao para limpiar su I*******m!
En su cabeza, la escena era cinematográfica. Ella era la heroína trágica, con el rímel corriendo por sus mejillas de forma estética. En la realidad, tenía un moco amenazando con hacer su aparición triunfal y el pelo hecho un nido de pájaros después de un día de ocho horas frente a una hoja de Excel.
De repente, el sonido de una cerradura girando la sacó de su burbuja de autocompasión. La puerta del 4D, justo frente a ella, se abrió.
Aparecieron primero unas botas de cuero desgastadas, luego unos vaqueros oscuros y, finalmente, Mateo.
Mateo era el tipo de vecino que Iris evitaba a toda costa por una razón puramente biológica: era demasiado guapo para ser visto cuando una llevaba puesta su camiseta de "I Love NY" manchada de lejía. Tenía ese aire de arquitecto atormentado que no duerme, con la mandíbula siempre tensa y unos ojos que parecían leer el código fuente de tu alma.
Mateo se detuvo en seco. Miró a Iris. Miró el apio. Miró la invitación dorada.
—¿Te has caído o estás probando la resistencia de la alfombra a las lágrimas? —preguntó con una voz que era como café cargado: amarga pero necesaria.
Iris se limpió la cara con la manga, logrando solo esparcir más el rímel. —Es un colapso emocional, Mateo. Por favor, respeta el protocolo de duelo habitacional.
—El protocolo de duelo dice que debes llorar dentro de tu casa, no obstruyendo la salida de incendios —respondió él, aunque no se movió. Se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿Qué es eso? ¿Una citación judicial?
—Peor. Una boda. En la Toscana.
Mateo soltó un bufido que casi pareció una risa. —Ah. La clásica "Boda de la Ex-Pareja que Avanzó Más Rápido que Tú". Es un clásico. ¿Quién es el afortunado? ¿El que se llevó la cafetera?
—Se llamaba Julián —corrigió ella, indignada—. Y no solo se llevó la cafetera, se llevó mis mejores años y mi fe en el género masculino. Y ahora se casa con una tal Vanessa que, según la invitación, tiene un aura pura. ¡Un aura pura, Mateo! ¡Yo no tengo ni un seguro dental puro!
Iris intentó levantarse, pero un pie se le enredó en la bolsa de la compra, provocando que el vino de brik rodara por el pasillo como un proyectil hacia los pies de Mateo. Él lo detuvo con la bota con una agilidad exasperante.
Mateo recogió el vino y se agachó para quedar a la altura de Iris. El olor de su colonia —madera y algo cítrico— cortó el olor a curry y pino. Por un segundo, el pasillo dejó de ser un escenario de tragedia griega para convertirse en algo... diferente.
—Escucha, Iris —dijo él, suavizando un poco el tono—. Tienes dos opciones. La primera: te quedas aquí, te bebes este "elixir de uva" de dos euros y dejas que la humedad del pasillo te absorba. La segunda: te levantas, entras en tu casa y planeas cómo ir a esa boda y demostrar que te va tan bien que incluso te has olvidado de cómo se escribía el nombre de ese tipo.
Iris lo miró fijamente. —No puedo ir sola, Mateo. El "Blanco Integral" requiere un acompañante que no parezca que lo he alquilado en una gasolinera. Julián sabe que mi vida social actual se resume en hablarle a mi planta de interior, que por cierto, está muriendo.
—Bueno, siempre puedes contratar a alguien —bromeó él, levantándose y ofreciéndole la mano.
Iris tomó su mano. Fue un contacto breve, pero sintió una descarga eléctrica que no tenía nada que ver con la estática de la alfombra. Una idea absurda, peligrosa y probablemente nacida del exceso de cortisol en su cerebro, empezó a germinar.
—¿Contratar? —repitió ella, entrecerrando los ojos mientras lo escaneaba—. Tienes buen porte. Sabes vestir (cuando no llevas esa camiseta de Star Wars descolorida). Tienes esa mirada de "soy interesante y tengo secretos". Y vives justo enfrente, lo que ahorra costes de desplazamiento.
Mateo arqueó una ceja, sospechando el giro de los acontecimientos. —Ni lo pienses.
—Mateo, piénsalo —dijo ella, ahora de pie y recuperando su energía maníaca—. Tú necesitas que alguien deje de quejarse por el ruido de tus herramientas a las tres de la mañana ante la comunidad de vecinos. Yo necesito un prometido falso, exitoso y ridículamente atractivo para una boda en la Toscana.
—No soy actor, Iris. Y definitivamente no soy "ridículamente atractivo" —mintió él descaradamente.
—Lo eres, y lo sabes. Te he visto mirarte en el espejo del ascensor —Iris se acercó un paso, invadiendo su espacio personal—. Hagamos un trato. Un contrato de vecindad. Tú eres mi "plus one" en el infierno de la Toscana, y yo retiro todas las quejas formales que he puesto contra ti en el último año. Incluyendo la de los "golpes rítmicos sospechosos" de marzo.
Mateo guardó silencio. Miró la invitación en el suelo, luego a Iris, que tenía una mancha de rímel en la mejilla y una determinación feroz en la mirada.
—¿Toscana, dices? —preguntó Mateo. —Con barra libre de vino que no viene en caja —confirmó ella.
Él suspiró, pasándose una mano por el pelo rebelde. —Esto va a ser un desastre absoluto.
—Lo sé —sonrió Iris, por primera vez en toda la tarde—. ¿Tenemos un trato?
Mateo extendió la mano, esta vez no para ayudarla a levantarse, sino para cerrar el pacto más absurdo de la historia del edificio.
—Tenemos un contrato, vecina. Pero que sepas una cosa: si tengo que vestirme de blanco integral, vas a tener que pagar el tinte de mi aura.
Iris entró en su piso dando un portazo triunfal, dejando a Mateo en el pasillo con el vino de brik en la mano. Se apoyó contra la puerta, con el corazón latiendo a mil por hora.
Acababa de alquilar a su vecino huraño para engañar a su ex-novio en un país extranjero. Era un plan sin fisuras. O, al menos, era un plan que le impedía pensar en lo mucho que le seguía doliendo el pecho al ver el nombre de Julián junto al de otra persona.
Mientras tanto, en el pasillo, Mateo miró la puerta del 4C y luego el brik de vino barato. —¿En qué me he metido? —se preguntó en voz alta.
No lo sabía, pero el "Contrato del Vecino" acababa de activarse, y las cláusulas de amor, comedia y desastres inminentes estaban a punto de escribirse con letras de oro. O, al menos, con el color crema "hueso de unicornio" que tanto odiaba Iris.
La luz del jueves entró en la suite 204 con una insolencia dorada que ningún manual de protocolo de la Toscana había autorizado. Tras una noche de confesiones analógicas profundas en el suelo de terracota, donde los fantasmas del Proyecto Égida en Vigo habían sido finalmente purgados del sistema, el sol se alzaba sobre las colinas de cipreses con una certeza matemática.Eran las 07:00 de la mañana. El día de la gran boda. El día en que Julián y Vanessa forzarían al universo a presenciar su Fusión de Almas en Blanco Integral.Y, sobre todo, el último día del trato.Iris Olmos se encontraba sentada en el alféizar de la ventana de piedra, con las piernas encogidas contra el pecho y una taza de café humeante entre las manos. Vistía una camis
Las campanas de la capilla de piedra del Borgo di Luce emitieron un repique de advertencia que retumbó en las paredes de la suite 204 con la solemnidad de un reinicio de servidores globales. Eran las diez y cuarenta y cinco de la mañana. Fuera, el sol toscano terminaba de secar los últimos restos de la tormenta hidrometeorológica, dejando un paisaje brillante y absurdamente idílico. Dentro, el "confeti analógico" en el que Iris y Caleb habían transformado las hojas de su contrato original seguía esparcido sobre el suelo de terracota, como el rastro de un virus que acababa de ser depurado del sistema operativo para siempre.La transformación final no era una metáfora mística de las que Vanessa incluía en sus correos con aroma a pachuli. Era una realidad física e inminente.
El amanecer toscano irrumpió en la suite 204 trayendo consigo una neblina densa, blanquecina y de una persistencia tan testaruda que parecía haber sido contratada directamente por Vanessa para envolver el complejo en un filtro de misticismo nórdico. A través de los ventanales acristalados, las colinas de cipreses se desdibujaban en un degradado grisáceo que imposibilitaba cualquier intento de calibración óptica o terrestre.En el interior de la habitación, el "protocolo de intenciones" y las promesas nocturnas emitidas en el suelo de terracota habían dejado una atmósfera de absoluta laxitud analógica. Tras unas horas de descanso theta real —que nada tenía que ver con las arpas místicas del hotel, sino con la proximidad física definitiva de sus cuerpos—, Iris Olmos se encontraba sentada en la inmensa cama con dosel, ar
La medianoche toscana se había asentado sobre el Borgo di Luce con una quietud que rozaba la ilegalidad. Tras un ensayo general caótico que incluyó caídas en el lodo, túnicas manchadas de apio fermentado y una junta directiva con Singapur hackeada en directo por el bien de la medicina pública, la villa nupcial dormía. La gran boda de Julián y Vanessa estaba programada para las once de la mañana del día siguiente, lo que significaba que el Escuadrón Anti-Aura Pura disponía de sus últimas horas de aislamiento residencial en territorio extranjero.Sin embargo, en el interior de la suite 204, el insomnio operaba con un ancho de banda del cien por cien.Iris Olmos daba vueltas en la inmensa cama con dosel, enredándose de forma sistemática en
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