ELENAMi madre no llora. Eso es lo primero que pienso cuando oigo su voz al otro lado del teléfono fijo. No es un pensamiento útil, pero es el primero que tengo porque es verdad: Carmen Vargas no llora. No lloró cuando murió mi padre, no lloró en el entierro, no lloró cuando yo me rompí por primera vez ni por segunda. Y sin embargo ahí está, al otro lado de este teléfono que nadie debería tener, llorando.«Mamá.» «Elena.» Su voz. Hecha pedazos. «Elena, ha venido alguien.»Me levanto de la silla sin recordar haber decidido hacerlo. «¿Quién? ¿Estás bien? ¿Dónde—?» «Estoy bien.» Respira. «Estoy bien, no me han hecho nada. Solo... han dejado algo.» «¿Qué han dejado?»Pausa. «Una foto, Elena. Una foto de tu padre. De cuando era joven. Con un hombre.»Sé quién es el hombre antes de que lo diga.«Al dorso pone una cosa», dice mi madre. Y ahora su voz no es solo miedo —es algo más viejo, algo que lleva años guardado y que acaba de encontrar la grieta por donde salir. «Pone: ella
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