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Lo Que El Silencio Esconde
Lo Que El Silencio Esconde
Por: Marena Holt
El hombre que no debería existir

ELENA

Lo primero que pienso al verlo: debí haberme quedado en casa.

Está de espaldas. Mirando los ventanales. Las manos metidas en los bolsillos del traje, como si la ciudad que se extiende allá abajo fuera suya. Como si esta sala fuera suya. Como si todo lo que hay entre estas cuatro paredes —yo incluida— ya le perteneciera.

Cinco años.

Cinco años y sigue ocupando el espacio de la misma forma. Sin pedir permiso.

Me quedo quieta. Dos segundos. Tres. Justo el tiempo que necesito para decidir quién voy a ser durante los próximos cinco minutos: si la mujer que levanté sobre sus escombros, o la que era antes de que todo se viniera abajo.

Elijo. Y entro.

Se gira en cuanto escucha mis pasos. Sus ojos me encuentran antes de que yo termine de cruzar la puerta. No es casualidad. Sabía perfectamente dónde estaba yo. Ese detalle, ese medio segundo de anticipación, me dice más que cualquier explicación.

Me estaba esperando.

«Elena.»

Mi nombre en su boca.

Hay gente que cuando dice tu nombre te lo devuelve intacto. Y hay gente que lo dice como si siempre les hubiera pertenecido. Marcos Villanueva siempre fue de los segundos. Cinco años no han cambiado eso.

«Señor Villanueva.» Le tiendo la mano. Firme. Profesional. El tipo de apretón que grita no me afectas sin que nadie en esta sala pueda demostrar lo contrario. «Bienvenido.»

Me estrecha la mano.

Cuatro segundos. Uno de más.

Ninguno de los dos lo menciona.

La sala está llena. Ocho personas. Todas miran al nuevo dueño con esa mezcla de curiosidad y miedo que aparece cuando alguien compra la empresa donde trabajas. Nadie me mira a mí. Nadie sabe que aquí hay historia. Esa es mi única ventaja ahora mismo. Y pienso usarla.

Marcos habla. Presenta la visión de la firma, los cambios que vienen, lo que espera del equipo. Lo escucho como escucharía a cualquier cliente nuevo: tomando notas mentales, buscando la grieta entre lo que dice y lo que realmente quiere decir.

Es bueno. Siempre lo fue.

Eso también lo odio.

«Vargas.»

Mi apellido. No mi nombre. El cambio es mínimo, pero lo noto. En tres minutos pasé de Elena a Vargas. De lo personal a lo profesional. Como si ya hubiera decidido cómo va a ser esto entre nosotros.

Levanto la vista.

«El proyecto Aldana.» Lo dice delante de todos. Sin preguntar. «Es tuyo. Empezamos mañana.»

Para los demás es solo una asignación. Normal. El jefe nuevo elige a su mejor abogada para el caso más grande.

Yo veo otra cosa.

Le aguanto la mirada lo justo —tres segundos, un asentimiento, cero emoción que no sea profesional— y vuelvo a mis notas.

«Por supuesto», digo.

Dos palabras. Las más caras que he dicho en mi vida.

La reunión termina veinte minutos después.

Salgo la primera. Pasillo. Ascensor. Pulso el botón de mi planta y me quedo mirando las puertas cerradas. Suelto el aire. Despacio, controlado. Ese tipo de respiración que aprendes cuando llevas años siendo la persona que no se quiebra delante de nadie.

Treinta y dos segundos hasta mi planta. Me doy ese tiempo.

Cuando las puertas se abren, ya vuelvo a ser quien tengo que ser.

En mi despacho, el expediente Aldana me espera sobre la mesa. Ciento cuarenta y dos páginas. Lo abro. Empiezo a leer.

Se me da bien esto. Encontrar lo que no cuadra. Leer entre líneas. Ver el agujero antes de que se vuelva trampa.

Por eso, cuando llego a la página treinta y uno, me quedo helada.

Es un contrato de asesoría. De hace cinco años. Firmado por el despacho:

Elena Vargas.

Mi nombre.

Mi firma.

Un contrato que no recuerdo haber firmado.

Me quedo mirándolo. Tiene mi trazo, mi inclinación, esa pequeña torcedura en la V desde que me fracturé el pulgar a los veinte. Quien lo hizo me conoce bien. Me ha estudiado.

Hace cinco años tenía veinticuatro. Llevaba tres meses en este despacho. No firmaba contratos. No tenía autorización.

Y sin embargo, ahí está.

Busco la cláusula final. Leo.

Vuelvo a leer.

Si ese contrato se ejecuta, me convierte en cómplice de un fraude de cuatro millones de euros.

Alguien lleva cinco años esperando para usarme.

Cinco años. Los mismos que llevo sin saber que esto existía.

Cierro el expediente. Despacio. Lo dejo sobre la mesa.

Y entonces suena mi teléfono.

Número desconocido.

Contesto.

«Elena.»

La voz de Marcos. En mi teléfono personal. Mi número privado.

«¿Cómo tienes este número?»

Un silencio que pesa.

«Hay una persona que quiere hacerte daño», dice. Despacio. Directo. «Lleva cinco años esperando. Por eso me fui. Por eso nunca te expliqué nada. Elena — no firmes nada de ese expediente.»

La línea se queda muda.

No cuelgo.

No digo nada.

Solo miro mi firma en la página treinta y uno y entiendo algo:

La trampa no empezó hoy.

Empezó el mismo día que él desapareció.

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