Víctor

ELENA

El jueves llega y yo llevo tres días durmiendo a trozos, con el expediente Aldana metido en la cabeza como una canción de esas que no se van ni a hostias.

Releí el contrato de la página treinta y uno cuatro veces.

Cuatro. Buscando un error. Una excusa. Cualquier cosa que no sea lo que parece.

No encontré nada.

A las diez en punto entro a la sala de reuniones de la planta doce con mi carpeta, mi café, y la cara de aquí no ha pasado nada que llevo practicando cinco años. Marcos ya está dentro. No me mira cuando entro —o finge no hacerlo, que en él viene a ser lo mismo.

Y al fondo, sentado en la cabecera como si la reunión hubiera empezado sin nosotros, está el cliente.

Víctor Aldana.

Sesenta años bien llevados. De esos que han tenido dinero tanto tiempo que se les nota hasta en la forma de respirar —en la ropa, en cómo ocupa la silla, en cómo te mira cuando entras como si ya supiera cómo va a acabar la conversación.

Se levanta cuando me ve.

«Usted debe ser Elena Vargas.» Sonríe. «He oído hablar mucho de usted.»

«Solo cosas buenas, espero.»

«Naturalmente.»

Me estrecha la mano. Correcto. Medido. La sonrisa le llega a los ojos pero no calienta ni un grado.

Me siento. Abro la carpeta. Empiezo.

Hago mi trabajo porque es lo que sé hacer —plazos, documentación, puntos pendientes— y mientras hablo, lo estudio. Las preguntas que hace. Las que no hace. Cómo ladea un poco la cabeza al escuchar, como alguien que ya sabe las respuestas y solo está comprobando que cuadren.

Los clientes así son los peores. Los más peligrosos.

Durante cuarenta minutos todo es normal.

Y entonces el asistente sale un segundo, Marcos baja la vista al móvil, y Víctor me mira de otra forma.

No como un cliente mira a su abogada.

Es otra cosa.

«¿Sigue viviendo en Lavapiés?», suelta. Casual. Como si preguntara por el tiempo.

Se me congelan los dedos sobre los papeles.

Solo un segundo.

«Perdón.»

«Calle Argumosa», dice. Y sonríe. «Un barrio con carácter. Aunque ya no será tan asequible como cuando se mudó.»

Yo no le he dicho dónde vivo.

No está en ningún documento del expediente. No está en ningún perfil público. Mi dirección es información que no comparto con clientes. Con nadie.

«Tiene buena memoria.» Mi voz sale plana. Eso es lo único que importa ahora.

«Para algunas cosas.» Abre su carpeta. «¿Continuamos?»

Continuamos.

Veinte minutos más. Yo hablo. Él escucha. Marcos revisa papeles al otro lado de la mesa sin enterarse —o fingiendo no enterarse— de lo que acaba de pasar en este extremo de la sala.

Víctor se despide con la misma cordialidad de siempre. Apretón de manos. Un comentario sobre el tiempo. Y sale por esa puerta como si no acabara de decirme algo que no debería poder saber.

Me quedo recogiendo mis papeles.

Despacio.

Más despacio de lo que necesito.

«Elena.»

Marcos. Al otro lado de la mesa. Con esa cara.

«Estoy bien», digo antes de que pregunte.

«No te he preguntado nada.»

«Ya.»

Cierro la carpeta. Me levanto.

«Lo que dijo sobre el barrio—»

«No significa nada.»

Mentira. Los dos lo sabemos. Él no me la discute y yo no se la retiro, y así es como hablamos ahora —a base de todo lo que no decimos.

Salgo.

En el ascensor, sola, saco el teléfono.

Busco el nombre de Víctor Aldana.

No en G****e. En los registros. Los que sé buscar porque llevo cinco años siendo abogada y aprendí dónde esconde la gente lo que no quiere que encuentren.

Treinta segundos.

Un minuto.

Y ahí —en un archivo judicial de hace veinte años, enterrado bajo capas de documentación que alguien hizo difícil de rastrear sin hacerlo imposible— encuentro un nombre.

Un nombre que no es Víctor Aldana.

Un nombre que conozco mejor que el mío.

El nombre de mi padre.

Las puertas del ascensor se abren.

No salgo.

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