ELENA
Mi madre no llora.
Eso es lo primero que pienso cuando oigo su voz al otro lado del teléfono fijo. No es un pensamiento útil, pero es el primero que tengo porque es verdad: Carmen Vargas no llora. No lloró cuando murió mi padre, no lloró en el entierro, no lloró cuando yo me rompí por primera vez ni por segunda.
Y sin embargo ahí está, al otro lado de este teléfono que nadie debería tener, llorando.
«Mamá.»
«Elena.» Su voz. Hecha pedazos. «Elena, ha venido alguien.»
Me levanto de la