ELENA
Marcos está en mi despacho cuando entro.
De pie junto a la ventana. Las manos en los bolsillos del pantalón. La chaqueta colgada en mi silla, como si esta fuera su oficina y no la mía.
Ya no me sorprende. En algún momento de las últimas semanas dejé de sorprenderme de encontrarlo donde no lo llamé.
Cierro la puerta. El clic suena más fuerte de lo normal.
Saco el documento del bolso —el que encontré entre las facturas de mi madre, el que lleva mi nombre en la línea de avalista con tinta qu