MARCOS
Le digo que quedemos en un café en Fuencarral.
No el despacho. No su piso. No el mío. Un sitio que no sea de ninguno. Donde la historia entre nosotros no ocupe la mesa antes de que abramos la boca.
Elena llega puntual. Pide un café con azúcar sin preguntarme. Se sienta. Me mira por encima del borde de la taza.
«Dime.»
Sin cómo estás. Sin rodeos. Recta al centro, como siempre.
Le cuento.
Hace tres años, cuando me metí a buscar el origen de Víctor en serio, no los papeles de superficie, el