ELENA
Bajo en el ascensor con esos mensajes todavía ardiéndome detrás de los ojos.
Hace tres años.
El primero.
Sofía llevaba dos meses en este despacho cuando escribió: Ya está dentro.
Las puertas se abren en la séptima con un ding que me suena a disparo.
Sofía está en su mesa.
Levanta la vista. Sonríe. La misma de siempre. Rápida, limpia, la de qué bien que hayas llegado.
A mí se me congela medio milímetro de cara antes de devolverla.
«Buenos días», dice. «¿Ya estás mejor?»
«Sí.» Dejo el