MARCOS
Salimos del edificio de Víctor.
Elena va dos pasos delante. Tacones. Clac, clac contra la acera. No mira atrás.
«Aceptó demasiado rápido», dice.
No es queja. Es bisturí. La voz que usa cuando ve la grieta antes que nadie.
«Sí», digo.
«Eso significa que tiene algo más.»
«Sí.»
Se para en seco. El semáforo nos pilla en rojo. Un bus pasa y nos echa el aire caliente a las piernas. Nadie nos mira.
Se gira.
«¿Sobre ti.»
No pregunta. Confirma.
La calle de Víctor a las once. Farolas am