La luz tenue de la lámpara de la mesilla de noche bañaba el rostro dormido de Dalia, acentuando las sombras bajo sus ojos y la palidez de sus labios. Andrea regreso después de verificar que el médico estuviera de camino. Ahora permanecía sentado en una butaca junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada fija en ella. No había dormido. No podía. Su mente seguía repasando los documentos de la carpeta, las conexiones que se tejían como una red invisible.
El timbre del apartamento sonó.