Esa misma noche casi en la madrugada en la oficina en la última planta del edificio de granito negro estaba en penumbra. Solo la lámpara de la mesa de caoba y el resplandor azulado de las pantallas de ordenadores iluminaban la estancia. Andrea Rossi llevaba horas repasando informes, moviendo fichas en un tablero de ajedrez que tenía sobre un costado de la mesa. No era un adorno. Era una costumbre: pensaba mejor con las piezas entre los dedos.
Damián se mantenía de pie junto a la ventana, con