El sol de la mañana entraba a raudales por los ventanales del salón, pero Dalia apenas lo notaba. Llevaba una hora en pie, con la lista de tareas tachando renglones con un bolígrafo negro. Primero, la llamada a la oficina. No podía retrasarlo más.
Respiró hondo y marcó el número de su jefe.
—Dalia —dijo la voz de González, el socio director, con esa mezcla de cordialidad falsa y prisa que caracterizaba sus conversaciones— ¿Al fin vuelves a la civilización? Tus compañeros ya preguntan por ti.
—N