Cada palabra de Gloria era una puñalada para Diego.
—No puede ser... —murmuró, negando con la cabeza, aferrado a una última esperanza—. Mientes. Eras tan dócil. Hiciste tanto por mí.
—Que le obedeciera no significa que lo amara —respondió Gloria con serenidad, como si hablara de alguien ajeno—. Hice todo aquello para cumplir lo acordado y marcharme cuanto antes.
Apretó un poco más la mano de Gabriel.
—Su Alteza, solo amo a Gabriel. Lo amaba hace cinco años, lo amo ahora y lo amaré siempre.
Gabri