Los soldados de Gabriel detuvieron a Diego ante la residencia del general.
Gabriel seguía llevando su armadura plateada; era evidente que acababa de regresar del campamento. Desde los escalones observó con frialdad al príncipe, que tenía un aspecto deplorable, pero llegaba dispuesto a imponerse.
—Su Alteza, lamento no haber salido a recibirlo. ¿Qué asunto lo trae con tanta prisa, estando todavía tan débil?
Diego lo miró como si quisiera atravesarlo.
—¿Dónde está Gloria? ¡Entrégamela!
Gabriel arq