Diego retiró la mano de su boca, pero permaneció arrodillado junto a la cama y le tomó los dedos fríos. Los apretó con tanta fuerza como quien se aferra al último trozo de madera antes de ahogarse.
Gloria intentó soltarse, pero él no la dejó.
—Gloria... —La miró desde abajo, con los ojos húmedos de lágrimas bajo la luz de la vela—. Sé que me equivoqué. Fui un ciego. Te fallé.
La voz se le quebró. La miraba con humildad, casi suplicando.
—Mira, encerré a Elena en el Pabellón del Destierro... Desd