—¡Sí! —la interrumpió Diego con voz ronca y quebrada, pero contundente—. ¡Me enamoré de ella! ¡Amo a Gloria! ¡La amo hasta perder la razón! ¡Solo ella está en mi corazón! Pero fui un cobarde y no me atreví a admitirlo. Me escondí detrás de la promesa que te hice y la lastimé para demostrar cuánto te amaba a ti. ¡Ahora está muerta! ¡Yo la llevé a la muerte! ¿Estás satisfecha?
Elena quedó paralizada. Todo el color desapareció de su rostro.
—No. No es verdad. Me estás mintiendo. ¿Cómo vas a amarla?