Esteban asintió entre lágrimas.
Diego se cubrió el rostro con una mano. Los hombros comenzaron a temblarle violentamente.
Él nunca había querido que muriera. Se había acostumbrado a su obediencia, a su silencio y a que no exigiera nada ni tratara de competir por su cariño.
Creía que bastaría con compensarla después. El oro, la plata, las joyas y las sedas siempre podrían consolarla. Creía que, como ella lo amaba, podía soportar cualquier humillación.
Creía que les quedaba mucho tiempo. Cuando El