La primera mujer que llevaron al palacio tenía cierto parecido en los ojos y las cejas, sobre todo cuando bajaba la mirada con docilidad. Al verla, Diego se quedó abstraído un instante y extendió la mano hacia su rostro.
—Su Alteza... —lo llamó ella con voz coqueta.
La mano de Diego quedó inmóvil en el aire y su mirada se enfrió de inmediato. No se parecía. Gloria nunca hablaba así. Su voz siempre era suave, serena, casi sin variaciones, como agua en calma.
—Llévensela —ordenó con fastidio.
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