La luna estaba en su punto más alto, blanca y callada como si también ella aguardara. En el centro del Templo restaurado, Sariah trazaba los símbolos con las yemas de los dedos, su piel aún marcada por la Raíz del Tiempo. Cada línea que dibujaba sobre el suelo ardía brevemente en una llama azulada antes de asentarse en la piedra, como si la tierra misma reconociera el peso del ritual.
A su alrededor, los representantes de los clanes se habían reunido en un círculo, junto a veladores, sabios y h