Los días posteriores al ritual fueron extraños. No porque la calma hubiese regresado, sino porque el mundo parecía redescubriéndose a sí mismo. La tierra, antes tensa como una herida mal cerrada, comenzó a respirar. Los vientos recuperaron su curso. Los árboles hablaron nuevamente en susurros. Incluso el cielo —aún marcado por la fisura que Virelya había abierto— mostraba señales de querer sanar.
Pero no todos habían sobrevivido al equilibrio restaurado.
Algunos miembros del círculo habían entr