La nieve había comenzado a caer en Liria.
Pequeños copos, blancos y fríos, descendían sobre los techos de piedra, cubriendo los emblemas de guerra con una belleza silenciosa. Pero bajo esa calma invernal, todo latía al borde del estallido.
La Guardia de la Medianoche había cruzado el río que marcaba el límite del territorio neutral. No había marcha atrás. El Consejo había declarado a Serena no como reina, sino como amenaza existencial.
Y la luna, roja y alta, parecía observarlo todo desde su tr