El silencio que siguió a la explosión de pulso electromagnético (EMP) fue más aterrador que el rugido de los motores. Dentro de la sala del núcleo, el aire se volvió pesado, cargado de un olor a ozono y circuitos fritos. Me desplomé en el suelo, sintiendo que mi cerebro era un campo de batalla devastado. Los filamentos metálicos bajo mi piel chispeaban, apagándose y encendiéndose como brasas moribundas.
—¡Natalia! —mi voz fue un graznido seco.
Me obligué a levantarme. Cada músculo gritaba. Mi p