KAELAN
El calabozo olía a humedad, a metal y a miedo viejo. Habíamos llevado al renegado encadenado, con la sangre seca en la ropa y el orgullo hecho polvo. Sus ojos me miraban con rabia y algo de locura, como el que ya no espera clemencia porque nada queda por perder.
Andrew había dicho que sacaríamos la verdad por las buenas. Yo no creía en muchas “buenas” cuando la sangre de mis guardias estaba fresca. Necesitaba respuestas: nombres, rutas, líderes. Necesitaba saber quién movía las piezas. M