LAURETH
El vapor de la ducha empañaba los espejos, cubriendo el cristal y mis pensamientos.
Me frotaba la piel con furia, como si pudiera borrar la sensación de haber despertado en brazos de un rey.
Un rey musculoso.
Un rey con un pecho que había sido demasiado cómodo.
—¡BASTA! —susurré furiosa, clavando las uñas en la toalla.
«¿Podemos hablar de ese pecho o todavía sigues en negación?» —preguntó Alya, con su tono irritantemente alegre.
«No. Nada pasó. Fue un accidente.»
«Claro… porque las pier