La madrugada aún era espesa cuando Luciana abandonó Zúrich.
En el aeródromo privado, la nieve crujía bajo los pasos de dos hombres que la escoltaban. Ningún guardia miró dos veces, nadie hizo preguntas: todo estaba perfectamente calculado.
El jet esperaba con las luces bajas, rugiendo en silencio como un depredador listo para saltar.
Luciana ajustó el abrigo alrededor del pequeño bulto que llevaba entre los brazos. El bebé apenas lloraba, como si supiera que el silencio era su mejor refugio. El