El salón principal del tribunal en Madrid estaba abarrotado de rostros tensos, trajes oscuros y miradas esquivas. En un extremo, representantes del Ministerio de Salud. En el otro, abogados de la Fundación McNeil, médicos citados, administradores, técnicos… todos bajo sospecha.
Thiago Moretti ocupaba el asiento reservado a los testigos principales. Vestía de negro riguroso, con la corbata torcida por primera vez en mucho tiempo. No había dormido. No desde que le mostraron el contrato con su fir