La habitación estaba en penumbra. Las persianas cerradas filtraban apenas la luz de un atardecer moribundo. La única fuente de claridad era la pantalla de una laptop, donde un video pausado mostraba el rostro joven, cansado y abatido de Celeste McNeil.
Luciana tragó saliva. Llevaba sentada frente a esa imagen más de veinte minutos sin atreverse a darle play. Finalmente, lo hizo.
—Este video debe ser mostrado solo si… si algo me pasa. Y si la verdad necesita salir. —comenzó la voz quebrada de Ce