Las paredes estaban cubiertas de arte moderno, blanco impoluto y silencios caros. El salón principal, de techos altos, estaba lleno de copas de vino sin tocar y rostros tensos, muy bien maquillados.
Luciana se sentó erguida frente a sus padres, sin perder ni un segundo en sonrisas de cortesía.
—Ya tengo acceso completo a los registros del ala pediátrica —informó con tono eficiente, como si estuviera entregando un informe financiero—. He logrado desplazar a dos cirujanos del turno de noche, y el