La habitacion privada del hospital tenía ese silencio espeso, denso como el algodón empapado de angustia. Thiago estaba sentado, con la cabeza baja, observando los diminutos zapatos rosas de Clara colgando de sus piernas mientras ella, ajena a su tormento, hojeaba un cuento con dibujos torpes y colores vibrantes.
Valeria apareció por el pasillo como una tormenta contenida. Con su bata blanca, mirada decidida y el cabello atado con descuido. No traía buenas noticias… pero tampoco traía malas. Tr