La ubicación que me mandó me llevó a una calle tranquila, arbolada, con edificios altos y modernos que parecían flotar entre la bruma de la tarde. Era casi de noche. Las luces del alumbrado público empezaban a encenderse, una por una, como si alguien allá arriba me estuviera marcando el camino.
Me detuve frente al portón de vidrio.
Era elegante, discreto.
Automático.
No había nadie afuera. Ni vigilante, ni botones, ni ruido. Solo el silencio y mi reflejo tembloroso en la puerta cerrada.
Me acer