Apenas terminé de leer la carta, el mundo pareció llenarse de ecos.
No sabía cuánto tiempo llevaba sentada en el borde de mi cama, con el papel entre los dedos temblorosos, los ojos ahora húmedos y la garganta apretada.
Sofía.
La madre de Alex.
Aún viva. En Ginebra. Esperando que su hijo supiera que no todo estaba roto.
Me costó unos minutos entender por qué no podía moverme.
Era como si la carta me hubiera abierto una puerta interna que yo había sellado sin darme cuenta. No era solo el dolor d