Cuando volvió de sus pensamientos, me preguntó si tenía hambre.
—No sé —respondí—. Un poco, creo.
—Pido algo. ¿Pizza? ¿Sopa? ¿Hay algo que odies?
—Odio las aceitunas —dije, y fue la primera sonrisa leve que compartimos.
Pidió pizza, sin aceitunas.
Mientras esperábamos, puso una playlist baja. Instrumental, suave. Como si su casa también supiera que había que hablar en voz baja esta noche.
Nos sentamos en el piso, junto a la mesa baja, y yo me saqué los zapatos. La alfombra era cálida, un poco á